domingo, febrero 20, 2005

El Dulce Nombre de María

La Virgen María con el Niño en el brazo izquierdo y un centro en la mano derecha.

La espiritualidad mariana tiene la ventaja de atajar el problema del mal, poniendo a la Virgen María como Intercesora entre Dios y el hombre. Mientras Dios Padre parece distante y frío, y el Jesús de los evangelios parece críptico y cortante; María representa el rostro femenino y materno de Dios. Es curioso como María cobró relevancia por medio de su Hijo, y ahora ésta le roba el mandado, ganándose el cariño filial de los creyentes; de tal manera que María termina siendo el camino por el que llegan a Cristo. Esto resulta evidente en la historia de la evangelización en América, en la que la devoción mariana que nos inculcaron los conquistadores españoles resultó la mejor arma para atraernos a la Iglesia y a Cristo.

La espiritualidad mariana tiene algo muy sano y atractivo, a pesar de no ser del todo racional, y sea difícil de justificar teológicamente.

La devoción mariana no solo es propia del catolicismo. El reformador protestante Martín Lutero también era devoto de María, a la que consideraba la Madre de Dios.

El problema principal que le veo a la devoción mariana es la manipulación que hace de ella la jerarquía religiosa, apropiándose de la religión sencilla del pueblo para tenerlos más sujetos a su autoridad. Para ello no se duda en promover la idolatría más primitiva, apartándose del culto más espiritual para atribuirle poder a las imágenes mismas. No me parece correcto alentar el sacrificio de muchas personas humildes, que hacen grandes esfuerzos y sacrificios para ir en romerías a visitar alguna imagen de la Virgen. En un culto verdaderamente espiritual, las imagenes pueden ser usadas en forma inspiracional, pero nunca dirigiéndose a ellas como si fueran personas; que es lo que lamentablemente sucede muy a menudo en la religiosidad popular, con la complicidad clerical, que ve con esa devoción incrementarse su poder. Por que es más fácil manipular al pueblo con una imagen a la que se le atribuyen poderes sagrados, poniéndola al cuidado de la jerarquía religiosa en los templos y pidiendo limosnas y peregrinaciones. El pueblo sencillo no logra disociar el culto espiritual de su manifestación oficial, y así se vuelven más dependientes del clero, haciéndose más difícil lograr una espiritualidad propia.

En un momento histórico en que crecen las sectas evangélicas que resultan defensoras del pensamiento político más conservador, el culto de María tiene la potencialidad de atajar esas tendencias retrógradas; pero si no se tiene cuidado, también puede servir como un ingrediente que favorezca a los grupos elitistas que quieren mantenerse en el poder. En ese sentido, se quiere hacer pensar que María quiere la unidad en la sociedad entre pobres y ricos, entre explotadores y explotados. Los gobernantes fingen ser devotos marianos para ganarse la confianza del pueblo sencillo. Pero ya lo decía Jesús: "Por sus hechos los conoceréis".

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